DON OSCAR ARIAS Y LA HISTORIA

La historia no juzga de inmediato. Tarda, pero indefectiblemente, juzga. A lo más que se puede aspirar en el momento cuando un hecho o una decisión histórica toma forma o se está desarrollando, es a estructurar una opinión sobre los acontecimientos que, por regla general, está supeditada ya sea a nuestros convencimientos políticos o religiosos, a nuestros odios, nuestros resentimientos, nuestros valores, nuestra ignorancia y, por supuesto, también a nuestros intereses. Lo hecho o no hecho por don Oscar Arias como figura pública será la historia, con su rico devenir, la que determinará la magnitud y valor de sus decisiones, acciones y omisiones. Don Oscar Arias ha sido - para bien o para mal - un personaje central en la evolución política costarricense durante las últimas 4 décadas; y desde los años 80s del siglo pasado, ha sido también una persona de un muy alto perfil en la escena internacional. Eso está fuera de toda discusión. Lo que no está fuera de discusión es si las decisiones que tomó siendo presidente fueron las mejores, o si fueron las mejores basadas en la información disponible en el momento que las tomó. Y eso será, de nuevo, dilucidado por la historia. Personalmente, creo que la historia será indulgente con él y su legado.

Pero... esto será materia de otro artículo que algún día habré de escribir.

No obstante, minimizar su vida pública, su accionar político y su influencia e injerencia en la escena internacional y, de paso y con alevosía, demeritar sus triunfos y logros en base a lo que hoy enfrenta por acusaciones de índole sexual es, por decir lo menos, una muestra contundente de nuestra legendaria mezquindad. Don Oscar, al final de cuentas, es tan humano como cualquiera de nosotros. Con sus virtudes y sus defectos y supeditado a los vaivenes de la vida, incluyendo tanto el elogio como la envidia. Y lo es tanto que ya hay muchos que le apoyan en esta encrucijada, como también hay otros oscuros personajes que una vez florecieron a su sombra, los mismos que hasta se quebraban en su carrera por atenderlo si estornudaba, que hoy - escudados en un intelectualismo más falso que gato de yeso - lo condenan “a priori”.

Hoy es hasta sujeto de escarnio por parte de aquellos que un día le lamían las botas.
Y es que será, así mismo, la historia la que dictará sentencia tanto para unos como para otros, pero sobre todo para don Oscar por el caso que hoy enfrenta y que ha generado tanto revuelo, pues, a cómo van las cosas, será juzgado en base a aquello que tanto promulgó y defendió: las leyes de igualdad de género y de mayor protección y empoderamiento a la mujer. No es que eso esté mal, porque definitivamente no lo está, sino que la indefensión que sentencia a un hombre ante una acusación de esta índole es, precisamente, resultado de lo que don Oscar tanto promovió y, en especial, durante su última administración; a tal punto que no solo impuso una candidata a la presidencia, sino que ella se convirtió en presidente. O sea, su misma victoria política y legal, vaya paradoja, eventualmente lo habrá de juzgar.
Las acusaciones que enfrenta don Oscar Arias son serias. Muy serias. Y lo son por la naturaleza intrínseca a las mismas y por las consecuencias personales y familiares que pueden acarrear. Y, he aquí la ironía, esa particular naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico es obra, en gran medida, de aquel que ahora sentamos en el banquillo de los acusados. Ya no es la palabra de la supuesta víctima o víctimas contra la palabra del supuesto perpetrador. Ya no es que el Estado o la fiscalía general tengan que demostrar la culpabilidad del acusado. Ya no hay una frontera claramente definida en el derecho a la presunción de inocencia. Los papeles o roles se invierten: el acusado DEBE demostrar que es inocente. Y en los delitos que se le imputan y que ya hasta han sido, muy “oportunamente”, ventilados local e internacionalmente, tal cosa parece toda una odisea – por no decir imposible - de lograr. No hay duda de que se le avecina un calvario a don Oscar Arias, incluyendo – no faltaba más - el tribunal condenatorio de las redes sociales y los aforados llamados al Premio Nobel costarricense, por parte de ayatolas periodistas, a que rompa el silencio sobre el tema. Si hay un derecho que no se le puede quitar, sin importar que sea un expresidente o de su nivel de personaje internacional ilustre, es el de mantener silencio mientras sus defensores estructuran su posible defensa. Tiene ese derecho y hay que respetárselo.

La mezquindad es tan obtusa que lo que primero que obvia es, precisamente, el respeto.
Y es que, al final de cuentas, don Oscar tiene abiertos dos frentes en los cuales habrá de debatirse a profundidad: la investigación y probable acusación por prevaricato por el caso Crucitas y, ahora y mucho más peligroso, por acoso sexual y hasta violación. En el primero es muy probable que tenga suficiente para ganar, pues es el Estado el que debe demostrar su culpabilidad y don Oscar tiene suficiente material para defenderse; pero en el segundo y de reciente factura, es él el que tendrá que demostrar que es inocente. Y, basados en cómo se tramitan este tipo de denuncias en Costa Rica, queda diáfano que don Oscar NO las tiene todas a su favor. Y sin importar si sale bien librado, ya su prestigio y personalidad han sido irremediablemente afectadas negativamente.
Como amante de la historia política costarricense, opino que el legado histórico de don Oscar Arias como personaje público es sobresaliente y estará a buen resguardo. Con el otro lado de la moneda creo que, al final de cuentas, no habrá tiempo suficiente para juzgarlo. No obstante, en el subconsciente colectivo, y de esto NO me cabe duda alguna, ya lo ha sido y es obvio que el veredicto es ineludiblemente de “culpable”.
Espero, eso sí, estar equivocado...

Comments

Popular posts from this blog

11 ABRIL 1856

SOLICITUD A LOS CANDIDATOS A LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA

JOSE MARIA FIGUERES OLSEN Y EL KARMA DE SER UN CHIVO EXPIATORIO